Las sagas secretas de Nolan: el salto hacia la inmortalidad
Tres días han pasado desde mi cita con La Odisea, y el impacto sigue intacto. Qué experiencia.
Su grandeza no radica únicamente en un reparto irrepetible, con Damon y Hathaway directos a los Oscar, secundarios de lujo como Patel, Leguizamo, Pattinson y Bernthal, o el golpe sobre la mesa de Holland. La victoria de Cristopher Nolan va mucho más allá: es el triunfo de un apartado técnico bellísimo, con imágenes inolvidables, un guion perfecto y un ritmo que convirtió las casi tres horas en una maratón. (Por no mencionar su primera aproximación al terror). El regreso de Odiseo -y su reencuentro con Argos, la única persona que nunca perdió la fe- me arrancaron las lágrimas, me pegaron a la butaca... me hicieron recordar por qué el cine es el Séptimo Arte. Desconozco si es la obra cumbre de su director, pero tengo claro que este viaje lo ha coronado para siempre en el Olimpo del cine. Y, al mismo tiempo, confirma su compromiso con las grandes sagas temáticas.
En realidad, dejando a un lado la excelsa trilogía de El Caballero Oscuro, Nolan nunca ha anunciado una filmografía dividida en sagas. Más allá de los actores que repiten y conforman su núcleo de confianza, una primera impresión no revela capítulos, personajes recurrentes ni universos compartidos. Ahí es donde la Odisea destapa el prestige: mirando su obra en perspectiva, resulta difícil no encontrar en ella conjuntos temáticos: películas que, sin estar narrativamente conectadas, parecen continuar una misma conversación intelectual que ya pertenece a otra categoría. A una dimensión donde el cine se vuelve atemporal. "Lo que ha pasado, ha pasado", que diría Neil.
La primera de ellas podría llamarse la trilogía del tiempo: Interstellar, Inception y Tenet. Las tres parten de una obsesión común, pero cada una lleva la idea un paso más lejos.
En Interstellar, el tiempo es relativo. No existe como una experiencia idéntica para todos: la gravedad y el lugar que ocupamos en el universo pueden convertir unas horas en décadas. Nolan, asesorado por Thorne, transforma así una idea física en un drama humano inolvidable: el tiempo deja de ser una magnitud abstracta y se convierte en aquello que separa a Cooper de sus hijos. La escena con McConaughey llorando frente a la pantalla es simplemente inolvidable.
En Inception, el tiempo es subjetivo. Ya no depende de nuestra posición en el cosmos, sino de nuestra conciencia. Dentro de los sueños, la percepción temporal se dilata y se multiplica. Niveles, escenarios, ideas... Cinco minutos pueden contener horas; unas horas, años. Nolan pasa de preguntarse cuánto dura el tiempo a preguntarse cómo lo experimentamos.
Y en Tenet, finalmente, el tiempo es reversible. Ya no somos simplemente sujetos sometidos a él: podemos intervenir en su dirección, invertir su entropía y convertir la causalidad en algo manipulable.
La progresión es extraordinariamente limpia:
En Interstellar, sufrimos el tiempo.
En Inception, habitamos el tiempo.
En Tenet, operamos sobre el tiempo.
Pero hay otra saga, más reciente y quizá todavía más reveladora: su exploración particular de la condición humana, el error y las consecuencias de nuestra propia excepcionalidad. La conforman Oppenheimer y The Odyssey.
En Oppenheimer, Murphy representa al hombre que alcanza un conocimiento extraordinario y descubre que comprender algo no significa necesariamente comprender sus consecuencias. Su inteligencia le permite crear un poder sin precedentes, pero precisamente esa capacidad lo enfrenta después a una responsabilidad que ya no puede controlar. Odiseo es, en cierto sentido, su reflejo mitológico. También es extraordinariamente inteligente, ingenioso y capaz de sobrevivir allí donde otros fracasarían. Pero esas mismas virtudes contienen su defecto: su inteligencia alimenta su hybris. Su capacidad para desafiar, engañar e imponerse a las circunstancias es lo que le permite sobrevivir y, al mismo tiempo, lo que prolonga su sufrimiento.
En ambos casos aparece una de las grandes obsesiones de Nolan: el talento como bendición y como condena.
Oppenheimer juega con una fuerza que supera al hombre. Odiseo desafía a dioses y fuerzas que lo superan. Uno crea algo cuyas consecuencias no puede contener; el otro emprende un viaje cuyas consecuencias debe atravesar para poder regresar a casa. (Daemon no acaba de encontrar el camino al hogar). Ambos son hombres excepcionales enfrentados a una pregunta esencialmente humana:
¿Qué ocurre cuando nuestras capacidades crecen más deprisa que nuestra capacidad para asumir las consecuencias de nuestros actos?
Y es aquí donde la crítica suele torcer el gesto, acusando a Nolan de ser un cineasta demasiado cerebral o frío -¿cómo puede alguien que haya visto Interstellar o la propia Odisea decir esto?-, argumentando que prioriza el impulso, la sorpresa y la experiencia del público por encima de la profundidad literaria; de las grandes tesis artísticas. Es el habitual y perezoso contraste que ensalza a Kubrick como el absoluto referente intelectual, contraponiendo su arquitectura milimétrica y artística frente a la disección temática más pura achacada a Nolan.
Pero ese reduccionismo olvida el verdadero alcance de su obra. Nolan no busca sentar cátedra en los despachos académicos, sino impactar sobre el espectador. Su cine construye catedrales de ideas donde la escala cambia, pero la obsesión permanece: el ser humano intentando hacer algo que parece estar por encima de su condición y descubriendo que toda grandeza tiene un precio.
Batman es el hombre que decide convertirse en símbolo. Prestige muestra la delgada línea entre genialidad y obsesión. Interstellar, Inception y Tenet son distintas aproximaciones a los límites de nuestra relación con el tiempo y la realidad. Oppenheimer enfrenta al individuo con el poder que su propia inteligencia ha creado... y la Odisea lleva esa misma pregunta al terreno del mito.
Por eso las películas de Nolan pueden entenderse como sagas aunque nunca hayan sido concebidas como tales. No son sagas de personajes, sino sagas de ideas. Frente al ruido de quienes miden la autoría con escuadra y cartabón, el tiempo ya ha dictado sentencia. Nolan lleva treinta años construyendo una obra inalcanzable, situada mucho más allá del debate mundano. Es atemporal, y tiene un impacto cultural que hasta sus detractores más acérrimos no pueden negar.
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